EDITORIAL: Medio Siglo de Independencia

7 noviembre 2018
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Hoy, 12 de octubre de 2018, se cumplen 50 años desde la firma de un acta por el que el Estado español concedía la independencia a sus territorios del África occidental, que formaban la antigua Guinea Española. El acta en cuestión fue firmada, de parte española por Manuel Fraga Iribarne, entonces ministro de Información y Turismo de España, y, de parte guineana, Francisco Macías Nguema, el Presidente electo, dicho sea de paso, en las únicas elecciones democráticas celebradas en nuestro país durante los últimos 50 años.

Cincuenta años después, y viendo todo lo que ha llovido desde entonces, a los guineanos de bien, jóvenes, no tan jóvenes y los ya viejos del lugar, nos surgen muchas preguntas: ¿para qué lucharon los llamados Padres de la Independencia, aquellos insignes hijos de nuestra Patria que dieron sus vidas por esa “independencia” y otros que murieron tras haberla conseguido: Acacio Mañe Ela, Enrique Nvó Okenve, Santiago Uganda, Salvador Ndong Ekang, Atanasio Ndong Miyono, Edmundo Bosio Dioko, Bonifacio Ondo Edu, Enrique Gori Molubela y Francisco Macías Nguema? ¿Lucharon solo por tener un trozo de territorio propio llamado Guinea Ecuatorial? ¿Lucharon solo por un trozo de tela con varios colores llamado Bandera Nacional? ¿Lucharon solo porque no querían seguir conviviendo con los colonos blancos? La respuesta, venga de quien venga, es NO. Los padres de la independencia y todos los que lucharon por ella querían algo que, cincuenta años después, todavía no tenemos: derechos y libertades.

Y es que cuando celebramos las Bodas de Oro de nuestra soberanía nacional, seguimos sin ser libres, porque la independencia no se otorgó a los animales de nuestros bosques, ni a los peces de nuestros ríos y mares ni, mucho menos, a los pájaros que vuelan en nuestro espacio aéreo, que siempre fueron libres; la independencia se otorgó a las personas, a esos guineanos y guineanas de carne y hueso que, a día de hoy, viven en la opresión por culpa de los dirigentes de los dos regímenes que han malgobernado el país, convirtiendo el Acta de Independencia en papel mojado. Cincuenta años después, los guineanos no solo no hemos conocido la libertad y no tenemos ningún derecho en nuestro propio país, sino que los dos regímenes totalitarios han acabado con la esencia misma del Estado.

Tras los primeros once años de la dictadura de Macías, de “triste memoria”, asistimos hoy, 50 años después del acceso a la independencia, a un Estado fallido, una caricatura de Estado, en el cual las instituciones son puramente nominativas, sin capacidad para ejercer sus funciones, pues todos los poderes del Estado se hallan, de facto, en manos del Presidente de la República, cuya familia acumula la mayor parte del poder político y la riqueza del país. Un Estado en el que, a falta de políticas públicas diseñadas y realistas, no existen servicios sociales; no hay agua potable, ni viviendas para los más necesitados, ni escuelas públicas capaces de absorber, siquiera, al 30% de los alumnos del país. La sanidad está en un estado deplorable, sin hospitales dignos de tal nombre, pues los centros médicos decentes, casi todos ellos privados y en manos de la familia Obiang, son accesibles solo a la clase acomodada y acaparadora de los recursos del país. El desempleo, mayoritariamente juvenil, y la falta de programas de formación profesional, envían a los jóvenes al alcoholismo, a la prostitución y a la delincuencia, mientras el régimen solo les ofrece, como empleo, las Fuerzas Armadas y de la Seguridad del Estado. Las familias, empobrecidas por esa mala política, luchan día a día para sobrevivir, y muchas de ellas no pueden ni costear el colegio de sus niños.

Todo el panorama resumido se da en un país que es el tercer productor de hidrocarburos del África subsahariana, solo por detrás de Nigeria y Angola. ¿Adónde van los cuantiosos ingresos provenientes de la explotación de los recursos naturales? A la corrupción oficializada en el país. Se ha llevado a cabo un vasto programa de construcción de infraestructuras, la mayoría de las cuales inservibles para el país, como el aeropuerto de Corisco, el puerto de Annobón, las ciudades de Sipopo y Djibloho, centros comerciales, salas de conferencias en todos los distritos del país, palacios presidenciales, autovías sin circulación, enormes puentes y multiplicación de edificios gubernamentales. La construcción de tanta infraestructura inútil respondía a una estrategia basada en el desvío de fondos públicos hacia las empresas relacionadas con los dirigentes del país y del partido en poder.

Como muestra más reciente, solo para la preparación del desfile y el acondicionamiento del palacio presidencial de Malabo con ocasión de este 50 aniversario, el Gobierno ha sacado, del Tesoro Público, la mareante cifra de SEIS MIL CUATROCIENTOS SESENTA Y NUEVE MILLONES DOSCIENTOS OCHENTA Y NUEVE MIL OCHOCIENTOS SESENTA Y DOS (6.469.289.862) FCFA.

En lo político, el régimen actual es una continuación del anterior. Pese al reconocimiento constitucional del pluralismo político, que dio lugar a la legalización de los partidos políticos, ser opositor en Guinea Ecuatorial sigue siendo sinónimo ser un proscrito y un marginado. El llamado “ensayo democrático”, puesto en marcha por Obiang, ha servido para imponer el pensamiento único, discriminar a los ciudadanos por pensar diferente, dividir el país entre los militantes del PDGE, con derechos, y los militantes de la oposición, privados de ellos; discriminar a la población según su origen geográfico, enfrentar distritos, regiones y provincias y destruir familias por razones políticas.

La persecución contra la oposición ha cruzado las fronteras, pues el gobierno destina ingentes cantidades de dinero para detener, secuestrar, de forma selectiva, a los exiliados políticos, a los que se trae clandestinamente a Guinea Ecuatorial para su eliminación física, judicial o extrajudicial. Son opositores que, al observar el escaso margen de maniobra que tienen los partidos políticos de la oposición en el país, han optado por el camino del exilio, donde tampoco pueden vivir en paz.

Treinta y nueve años lleva Obiang en el poder, de forma vitalicia, para destruir el país en todos los sentidos, y quiere seguir, con la celebración de elecciones fraudulentas y Mesas de Diálogo cuyos acuerdos incumple de forma sistemática.

Es el triste balance de los 50 años transcurridos desde la firma del acta de la independencia: sin libertades ni derechos, pero con hambre, miseria, corrupción, nepotismo, más cárceles, torturas y asesinatos. ¿Para todo esto dieron su vida los Padres de la Independencia? Dicho de otra manera: ¿Lucharon Enrique Nvó, Acacio Mañe, Salvador Ndong, Bonifacio Ondo, Atanasio Ndong, Saturnino Ibongo, Edmundo Bosió, Enrique Gori, Pastor Torao, etc., para sacarnos de la colonización extranjera y llevarnos a una colonización peor, esa que, en 50 años, ha causado más muertes que la de los colonos españoles?

Evidentemente, no.

Sin embargo, aún estamos a tiempo de rectificar. Si hay voluntad política, estos 50 años deben servir para la reflexión y el reencuentro entre todos los guineanos. Y el propio Obiang debe hacer un examen de conciencia, de cómo quiere ser recordado por las presentes y futuras generaciones: como el sátrapa que destruyó un Estado con el nepotismo la corrupción y la persecución política, o aquel estadista que fue capaz de enderezar el rumbo de la historia de su país, evitando el caos y reconciliando a su pueblo.

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